POESIA

 

Yo tuve el privilegio

Yo tuve el privilegio - de oir crecer la hierba...

De saber del presagio - de la noche y de la luna;

 

De mirar a un riachuelo - jugando con la piedra,

Y ver allá en el cielo - el llanto de una estrella.

 

Yo asistí al holocausto - de la sufrida Hiroshima,

Y miré a Dios exhausto - derramando una lágrima.

 

Yo he visto a un alcatraz - cuidar de una gaviota,

Que extasiado en el mar - suicidóse en la roca.

 

Yo he visto el horizonte - en clara madrugada.

¡Qué bello! - ¡Qué imponente!

¡Saber, que el Todo es la Nada!

 

 

Copyright © Edgar Antares Isanbard * E-70 * Caracas 2000

 

Piedra...!

Te siento enferma de alguna eternidad mal curada...

Llevas rastros de tormentas milenarias

Y el rasgo inconfundible de saberte algo inmortal,

Perenne, casi eterna, persiste tu forma inanimada...

Por el devenir de los tiempos.

Pacifica de incertidumbres,

Segura tú, de ser algo así como la expresión del silencio,

Sin la lágrima de los sentimientos...

Con la terca apariencia de saber y no querer decir nada,

De seguir callada siempre!

A pesar de tu larga experiencia en anécdotas...

 

Te presiento amasada por lejanos ástros,

Que la arrojaron desde ventanas cósmicas al cimiento de mi casa,

Para soportar el peso de los pensamientos...

Hay un enigma en su textura blasfema e insolente

De callar y callar,

Hasta desesperar a las voces que la interrogan

Sin ningún resultado.

Sospecho, que en algún momento, se pondrá  de pié,

Desplegará sus álas,

Y se pondrá en órbita alrededor de su mudez!

 

La veo en distintas edades y formas alquiladas a la geometría

humana...

Parece ser, que ha adoptado el paralelepípedo,

Como su forma más adecuada para referirse a la tercera dimensión,

Porque, para la última, aún le falta el ademán de las ecatombes,

Frustradas en las manos de los que pulsan combos y cinceles!

Se puede decir...

Que no está cómoda en la estatua de héroe, ni en la de bailarina,

Ni tan siquiera en el dintel del templo de los dioses!

Aburrida con las líneas rectas,

Trazadas por el sudor y la mirada de profanos picapedreros,

Piedra al fin, se desangra en paciencia!

 

Su respiración me llama, me hechiza, me seduce...

Y me introduzco en el seno de su paz y de su victoria...

Y tomando la posición del equilibrio,

Abandono cincel y martillo...!

 

Copyright © Edgar Antares Isanbard * YV-150 * Caracas 2003

EL MOMENTO

Más allá de las líquidas líneas,

Que los días de la historia señalan,

Breve chispa iluminada: es el momento

En la oscura penumbre del tiempo;

Y sólo queda la sombra borrando memoria

En el olvido del área fugaz del instante.

 

Más allá de la piel y de la entraña

Y tan cerca del aire que nos toca,

Está la vibración del momento

Que hiere con esencia primitiva

La monótona ruta de las horas,

En un breve destello del infinito.

 

Y en la sombra doliente murmura,

Más allá de la voz y del grito,

La nota ignorada de un canto:

Cual huella impalpable

Otra dimensión sin materia ni espacio,

Más allá de la fé y de la duda.

 

Vuelven los días y vuelve la historia,

Vuelve el recuerdo y vuelve el olvido,

Más allá de las sombras del tiempo,

Apagando el destello y la chispa,

Borrando la huella en la senda,

Callando la nota del canto.

 

Es muro de hojas y días,

La monótona cárcel del tiempo!

Y más allá del círculo breve

Del mismo y el mismo horizonte

Sólo queda la nostalgia y la angustia

Aquí mismo en mi soplo de vida!

 

Copyright © Edgar Antares Isanbard * E-111 * Cuxhaven 2001

ANGUSTIA DE NUESTRO TIEMPO

 

Mota de polvo, no más,

Perdido en la infinita totalidad...!

Sumido entre mundos sin razón

Ser y no-ser,

Sin la hora del tiempo en la eternidad...!

 

Cuando vibra en nuestras vidas

Bajo los aires rasgados hacia las alturas,

Sobre arenales extensos en desertadas playas

Este lamento azotando rostros y  espaldas

En cuerpos de miradas extasiadas.

 

Ciega en su luz envolvente y quemante,

Cuál mortal relámpago

Tal veneno los aires supura.

Y cuando en la conciencia se filtra

Y amargo las entrañas atraviesa,

Las lenguas raja

Cuando en la voz,

En las palabras brota,

En la risa y el canto gotea.

 

Es mayor al lamento,

A la canción de tristeza,

Al llanto,

Mayor al funebre duelo;

Es animal entre redes atrapado,

Aullido feroz, ira impontente

Saber hoy...

pero en vida no poder cosechar lo sabido...!

 

Cuál exhausta angustia

La de nuestro tiempo...!

 

 

 

Copyright** EdgarAntares E.I.Sembarde

Poesia 71**Cuxhaven 2.000

ANHELO VANO

¡Cuánta claridad en el devenir silente de éstas horas de nocturna solemnidad,
Cuando palpitan infinitos fuegos desde lo inmenso en la tenebrosa oscuridad,
En la soledad del Ser – 
Ante vastas dimensiones a éstas estremecedoras ausencias del Sol...!

¡Y cómo agita ante la mirada el pulso tangible de animación por lo inmenso de la soledad...!
Cuál vígias de un supremo código universal, navegando por mares de eternidad,
Huellando lucientes pistas de suprema verdad –
Contenientes las enigmas del origen – inicio y finalidad real,
Mientras anhelan, desesperan las entes del erráneo Ser, 
Desde milénios en el Nómada Bípedo, deshilvanar su suerte en sinfin espiral,
Escudriñando hacia parámetros de confiar –
Madurando intelecto en la convivencia con la divinidad –
Extrayendole secretamente sútiles evidencias a la vertiente de creatividad,
Para así huir de un engendro ¡en tan honda profunda avergonzante oscuridad...!
¡Pecado original...!
¡Templo de Divinidad...!
Extensión sin fin hacia ignótos caprichos de divergente libertad,
Bóveda horizonte hacia fúneos mares en la inmensidad de lo hondo inmenso,
Océano sin fín de horizontes y destinos perdidos en lo profundo infinito –
Templo de las entes en la inmensidad, sin partícula o masa –
¡Lugar del suceso y lugar de la nada...!
Lugar de ambivalencia cuántica y amasamiento de materia y ánima...
Esse, ago y opera...
Organización y cáos...
Rebelión y subyugación...
Génesis contínua de devenires en la inmensidad de los infinitos de los siempres,
Vacío de lo vano y plenitud infernal de reciclados mundos nuevos en perenne fusión...
¡Abismo del odio...! – ¡Y espacio de entendimiento... y de amor...!

¿No es en el humano el anhelo de suprema verdad, inmortalidad y eternidad,
Acaso sólo sútil sospecha que genera la própia convivencia con la Divinidad,
Adivinanza evidente de callados esclavos –
En los pasos contínuos en la carrera hacia una obra imponentemente mucho mayor,
En los que tan sólo hace las veces de un simple destornillador...?
¿Y en la que es sólo casual testigo de secretos planes en el más allá de los allás...?
Y, siendo tan sólo instrumento de ejecución de la própia conciencia universal,
¿Las humanas manos no más que miembros, 
Sino de aquélla inconcebible e infinita conciencia que llena la inmensidad,
A la que tanto anhela y cela, venera y aspira asimilar para igualar...?

Tal su intelecto: 
¿No más que mínima concesión para hacerle creer ser libre...?
¿Errando desde milénios ante sus altares con su dios de simil mamífera humana faz...?
¿Que le concede en sus creéncias la vía de la piedad –
Ante la incapacidad de coronar con pureza su anhelo en la senda hacia la suprema verdad,
Exculpando así su conciencia ambigua de Mono Asesino, Homo Sapiens Demens...?

Siempre fielmente comprometido en el cumplimiento del contrato de su destino,
Que le impone ese maquinaje desencadenado y sin freno de evidente intelecto,
La misteriosa, incomprendida, nunca descifrada sinfin espiral: ¡Vertiente de Creatividad...!
Al que el ignorante Bípedo Nómada llamara en su albor analfabeta
Con gutural exclamación de anhelo alguna vez: ¡“Di – vi – ni – dad”...!

Simplemente - ¡mero anhelo de asemejar...!
Llegar a serle algún día equi-igual...
Encerrando así el alma disperso en lo infinito en su carne mortal,
Y saciar la carne efímera en el vertedero de la ánima, 
¡Sútilmente acariciando convertise en inmortal...!

¡Anhelo vano...! – 
¡Desesperado clamor! 
¡Grito incontestatado en los abismos de la eternidad...!
Copyright © Edgar Antares Isanbard * E-40 * Paris 1999

LUCIFER DEL PODER

Dormiteando andaba el mundo en la calma más aparente y, entre bostezo y bostezo, era evidente que el Poder - a éstas alturas de indiferentes horas del Milenio - continuaba multiplicando su Fortaleza sin consideraciones y sin necesidad de sentir la menor aflicción o algún temor al resquebramiento.
Mientras, en un cuarto piso de la Plaza Contrescarpe, en Paris, revolcábase en su lecho, sobre sus ruinas, toda una esencia humanista en insomnios.

Pero no. No era cierto; no reinaba paz silenciosa en las metrópoles. No, para apaciguar la marcha de la marea mental, la majadería hacía el vertiginioso cretinismo organizado. 
¿Organizado? - ¿Organizado por quién? -¿Organizado por los del Poder...?

Sólo en algún campo de Castilla, o perdido entre las alturas de los Pirineos, echábase nocturnamente sobre el alma del humano el velo de una aparente paz celestial: el firmamento astral; única soberana verdad física consciencisante - tan relegada ya por la Ignoracia fuera de la realidad - desde la cual emanaba constante el razonamiento sus voces potentes hacia las profundidades del alma.

¿Dormitaba el mundo en calma celestial mientras sufría insomnio el humanismo...? -
Silencios aparentes.- También dentro de ese otro mundo cósmico bullicioso y radioactivo de partículas y subpartículas cuánticas, subatomares y atomares, en remolino y mezcla contínua, rebelión y confusión, contingencia inverosimil y, sin embargo lugar de génesis de nuevos mundos macroscópicos ingeniados, donde allende, algún día, quepa espacio y tiempo para este accidente biológico tan extraño: la vida; dentro de una trama única y plural de las cosas, y, por supuesto, siempre peligrando entre los tantos cataclísmos cósmicos.

Mientras - vivían las metrópoles en la más total Ignorancia. Sabían cada vez menos en las tinieblas del desquicio y del desequilibramiento cerebral acerca de cada una de esas verdades cosechadas por la Humanidad en el dificil despertar animal.
La ambición, la vanidad, la injuria, el vicio, la ineptitud, la lujuria, entre otros, sí, la enfermedad, iban reclamando sus arcáicos derechos, creciendo en la perversa degeneración y subminando la verdad, una vez tan ansiada, tan clamada por la mente de algunos humanos, los “humanistas...” 
Sí, como una epidemia viral, iba recolectando sus dementes víctimas - mientras, con sutileza, las cabezas del Poder entrelazaban internacionalemnte cabos útiles para garantizar su perpetuidad, ubicando estratégicamente por doquier avanlachas simbólicas, trincheras de protección en los frentes que les convenían, para mediar el ascenso de sus putrefactas aguas, y burlar, marginando y esquivando el tal virus de los males, hacía las zonas periféricas de la sociedad.

Abobadamente adormitado estaba aparentemente el mundo...
Ya no flotaban en las pantallas del temor aquéllos hongos de amenaza que representaban la furia apocalíptica de las bómbas atómicas, las bombas H, o las bombas de neutrón... ni se sufría ya la pesadilla de la invasión amarilla. Argumentos tan predilectos del Poder en las décadas pasadas para mentecaptar la atención del humano a otras importancias de sus conveniencias, y así amasarlo a una masa uniforme y sin voluntad individual - un temor colectivo eradicado, y aparentemente curado por sí sólo, o por las fuerzas regenerativas própias, a sólas y, sobre todo, calladamente.
Pero recordemos - fueron capaces de manipular nuestros miedos y esperanzas en nuestras almas - y en algunos la serenidad nata para otras empresas – durante decenios con su horror eficiente, manoseado a capricho diario por aquéllos en el Poder, trayendo incluso al mundo entero de cabeza.

Cuánta diferencia, ahora y hoy, en los argumentos del Poder...
Ahora la visión holocáustica de moda, que nos presentaban los del Poder, era la amenaza que reprensentaba el horror del compartir - el tener que compartir. Compartir con los necesitados. Compartir con los hambrientos, los marginados, los malogrados, los mendigos, los desnutridos, los pobres, los deprivados. ¡Y, con los del Tercer Mundo - que tocaban ya en las mismísimas própias puertas de nuestros más íntimos y más sagrados condominios...! – Que llegaba en pateras arriesgando sus vidas, sola y exclusivamente para tocar en nuestras puertas... 
¡Qué horror! - ¡Compartir...! - ¡Compartir con el humano! - ¡Compartir algo más que la pura pisoteada palabrería de una supuesta Dignidad Humana...!

Así - a la par que los del Primer Mundo aceleraban la construcción de dobles murrallas chinas, con secretas y sútiles trampas electrónicas, ocultas en las demarcaciones de nuestras fronteras, y ratificadas, tanto por los del Poder de izquierdas como por el de dereachas en nuestras constituciones - descarrilaba el Primer Mundo simultáneamente en su vana búsqueda de ideales...
Es de suponer, tan igualmente vanas, tan igualmente sin brújula ni orientación como en cualquier otro arcáico antaño o anteayer pasado..., ahogando, asfixiando su desierta alma vacua en la alocada carrera tras el redondo rodar de la moneda en el desquicio total de las majaderías, el alcohol, la droga, el sexo, prostituyéndose al amparo de nocturnidades que sobrealimetaban aun más su pecado más original: su connata vacuidad - la Ignorancia... La Ignorancia connata – el verdadero pecado original de la critianidad... Sútilmente promovida por los del Poder, por cierto... el lema era: “mientras más ingnorantes se queden mejor quiaremos al rebaño...”
Pues era por esto, que el Poder continuaba avanzando - ¡Desplegando frentes! A veces imperceptiblemente, para los más ignorantes, y otras, culminando con sus maneras descaradas e insolentes cada vez más cimas; incluso consiguiendo las metas más altas en sus cada vez más optimados operativos, que ya alcanzaban un limbo cada vez más alto, rayando casi una perfección sútil en el ejercicio del Poder.

¡El Demonio - y la Ignorancia - éranse al cuadrado directamente 
proporcionales...! Y, al mismo tiempo - ¡más fuertes y más ansiados que nunca...!
¿O así de fuertes fueron siempre nuestra astucia, majedería y estupidez...?

¡Pobre Humano Homo Sapiens Demens! ¡Pobre Humanidad! No solamente eres víctima de la Ignoracia, sino también de otro mucho peor maleficio: ¡el  Lucifer del Poder...!

Ecdgar-Antares isanbard * Copyright EE - 456 * Paris 2009

ISLA DE PAZ

ISLA EN LOS RECÒNDITOS CONFINES DE LO AZUL DE INFINITO...! 
MÀS ALLÁ DE LAS BRUMAS DEL HORIZONTE DE ACONTECIMIENTOS...
TE HE BUSCADO DESDE HACE TANTO TIEMPO...
TRIANGULANDO RUTAS EN MIS MAPAS MARÍTIMOS –
TRAZANDO ODISÉAS POR LA ROSA DE LOS VIENTOS...
MÁS ALLÁ DE NUESTRO COTIDIANO MUNDO DE CONOCIMIENTO –
MÁS ALLÁ DE LOS SILENTES PENSARES –
MÁS ALLÁ DE LA BRÚJULA MARINA – 
SÍ, MÁS ALLÁ DE LOS SIETE MARES DE SEPTENTRIÓN...
¡SIN JAMÁS HALLARTE...!
...Y DESDE SIEMPRE MORABAS TAN CERCA A MIS SENSIBILIDADES...

¡ISLA DE PAZ...! 
BRAMANDO MUELEN MANGAS DE OLEAJE SALOBRE TUS ARENAS...
CON BRÍO PALPITANADO LA DIMENSIÓN DE LA INMENSIDAD DISTANTE
MIENTRAS INDÓMITO, TENAZ, CONSTANTE SU FLÚIDA LINFA
EMANA DESDE LO SINFIN AZUL – 
COMO LAS ENTES DE MI FUNÁMBULO SER –
CONTENDIENTE ETERNAMENTE BREGANDO POR LA ARMONÍA –
EN LA CALMA DE LOS VIENTOS ESCUDRIÑANDO LUCES 
DE NUEVAS SABIDURÍAS POR HORIZONTES DE INFINITO...

¡ISLA DE PAZ...!
TU RESPIRACIÓN ME LLAMA, ME INSCITA A QUEDARME AQUÍ –
CUANDO EN LAS MAÑANAS TE BESA LA BRISA DE LEVANTE...
SÓLO – TODO YO “SELF” – EN COMPAÑÍA DEL MAR,
TODO YO CONSCIENCIA EN ESENCIA –
TÚ Y YO – O TÚ EN MÍ – 
FRENTE A FRENTE A ORILLAS DEL MAR –
EN COMPÁS ESPERA DEL DESVANECER DEL INSTANTE –
Y DE LA CALLADA FUERZA EXTRAÑA – QUE NOS CONDUZCA
HACIA LA SOLEDAD DE AQUELLAS DIMENSIONES, MAR ADENTRO, 
DONDE DESENTRAÑAR EL POÉTICO MISTERIO DE LOS RECUERDOS,
Y LOS PRESAGIOS DE LAS MENTIRAS DEL DESTINO –
ALLENDE HACIA EL SUBLIME ANHELO EXCITANTE: 
¡LIBRES AL FIN – PODER CAMINAR JUNTOS BAJO EL SOL...!

¡ISLA DE PAZ...!
¡CUÁNTA PAZ DE EQUILIBRIOS...! – LLEGANDO TUS TARDES A SU FÍN – 
DONDE MIS FILAUTEROS GÉNES ACALLAN SU SORDIDA VOZ,
EXIMIENDO DE TAN CELOSA EXCLAVITUD LA ESENCIA ENTERA
MIENTRAS TU RESPIRACIÓN ME INSPIRA, ME HECHIZA... – 
¡SÍ, ME SEDUCE...!
PARA INTRODUCIRME EN EL SENO DE TU PAZ Y DE TU VICTORIA...
DONDE – ADOPTANDO LA POSICIÓN ÙLTIMA 
DEL LIBRE DEFINITIVO EQULIBRIO –
¡DE ETERNIDAD ABANDONAR MI CINCEL Y MARTILLO...!

Copyright © Edgar Antares Isanbard * E-502 * Palma 6.2015

Y me dormí en la arena... 

Y en el ocaso de mi grato ensueño,
Melodiosas notas - la brisa traía en su aliento; 
Goteaba lejana una voz – cual fuera de sirena, 
Con dejos de pasión y quimera - 
Diamantina, como en noches estelares -
Cristalinas cadencias desde fuentes celestiales: 
Derramando todo el clamor de otras generaciones 
Que son hoy nuestros propios sueños seculares. 

La playa fue en tanto formando mi cama a su manera...
Que, al peso de mi cuerpo, fue abriéndose en la arena.
En álas de mi sueño – ¡Ay, mi niña!
¡Por mil ojos de plata - cantaba hasta el mismo mar!
A orillas de las playas de El Palmar...

Un rostro femenino –por capricho de sueño– se me acerca,
Con fuerza me abruma – y en vilo me levanta,
Me toma de la mano – y en forma presurosa,
En colchón de espuma – me lleva hacía la mar...

Erguida la cabeza – ya lejos de la arena,
Con enorme destreza – se convierte en sirena;
Me mira fijamente – y con tierna sonrisa
Me abraza, me acaricia – me besa, 
Y con voz de sirena – con cánticos me arrulla.

Una enorme tormenta – en la mar desata.
No te asustes, rie y me dice – Acuario es tu elemento
Y la mar bendice – a quien le reta en aliento.
Me fascina su risa, su manera – me extraña su figura,
El aura melodioso en mi sueño – Ulises en mi mente,
Trasmito con empeño – el deseo firmemente
Hacia las costas retornar.
Comprendió la idea – y al volverme a mirar,
Derramó una lágrima – que hizo más bello el mar...

Pálidas amapolas – 
Porcelana y cristal sus mejillas - 
Me devolvió a las cálidas arenas - junto al mar - 
Con el corazón silente - ante al embrujo de su cantar 
Aquel domingo – en tarde primaveral.

Y me quedé en las playas de El Palmar 
¡Sin querer despertar...!

Edgar Antares Isanbard – El Palmar – 15.02.2007

MIL CARABELAS...!
No... No fué un sueño, 
El que padecieron los indios...!
Ni tampoco lo fué, más tarde - el de los esclavos negros,
En aquél antaño!

A ese sol de mediodía,
Con la hora del tiempo marcando los siglos en la distancia,
Qué soledad y silencio, 
Sobre esa tierras del espacio,
Mientras reposa sumisa en el atardecer
Una calma incandescente
Sobre las desiertas playas más allá del trópico de Cáncer 
Allende, en el lejano presente de un antaño de pavorosos grises...

Abochorna ese día un fébril aire la tirantez,
Que alienta axfixiante desde el firmamento flameante 
Hacía exhaustos, jadeantes pulmones
Acostumbrados a la disnea de tropicales calores. 
Y una calma aparente,
Ante la gran incertidunbre, aquélla tarde, 
Escudriñando silentes horizontes marinos de poniente, 
A esas horas de consagración al bello secreto, oh, dulce ensueño –
Anhelada conquista de extensas riquezas,
En dominio de inmensos imperiales poderíos,
Perdidos, lejanos, en occidente,
Según cuidadas ancestras leyendas.

Y es más allá de los horizontes de oriente –
En donde - desde un insospechado profundo recóndito –
Se siente en el cargado aire un latir, 
La acecha inminente de alguna tormenta por advenir,
Que agita en la tarde la enviciada atmósfera, 
Haciendo la flora en las colinas retemblar.

En la congestionada tarde, desvarío no fué- 
Por infortunio, la pesadilla de Owé Umbalué!
Castigo del supremo dios sol celestial! 
Pecado fué del anheloso secretro soñar!
Por oriente –
Emando desde lo inmenso de lo infinito azul, 
Donde se sospechan los Reinos de Ningún Lugar –
Míl veleros se ven por altamar llegar!

Sereno, taciturno, el cacique ordena,
Todo el pueblo se ha congregar!
Sin replica, por mayoría, veloz se acuerda, en ofrenda,
O si fuere para los divinos presagios necesidad,
Agua, fruta, manjares exquisitos, se han de preparar.
Decídese mientras en la tribu a las bellas 
Sus atributos con agapantos, lírios y orquídeas,
En símbolo de festejo y bienvenida,
Unidas resaltar, junto a los cánticos de bienacogida, 
Y así también los divinos instintos calmar.
Mil carabelas...! 
En el horizonte se confirman –
Para contarlas,
A la tribu, la vista no les alcanza!
Mil carabelas!
Formando hilera, impasibles se acercan,
Lentamente, ostensiblemente crecen, al final, 
De horizonte a horizonte, todo carabelas!
Carabelas de velámen blanco, carabelas! 
Y en todas éllas, en su centro a su vez:
Por emblema, ostenten una terrible negra cruz! 

Se esparce hasta el cielo un desesperado clamor,
Cuando es apresada la vista en su libertad hacía el horizonte, 
Por el innúmero sinúmero de blancas velas y negros crucifijos.
Y se desata la impaciencia entre los nativos!
Temor y miedo se posan en las mujeres,
Son ya presos de pánico muchas caras,
Implorando piedad a los dioses, algunos.
Pero están presentes también los más valerosos,
Los fornidos cazadores, 
Entre éllos, también los pescadores,
Y algunos viejos guerreros,
Que todos, en especial curanderos y sacerdotes, 
Se comportan, al igual como los más objetivos,
Mostrando a lo sumo, solo mera curiosidad. 
Pero ya en el delirio de la locura, encaminan dos amantes,
Cuando con el dardo sus vidas consagran a la felicidad eterna. 
Pleno de malos presagios, alguno otro, 
Siente como su pecho se le degrana,
Y como una, aun desconocida, cadena en el cuello le apresara. 

Más, ay!
Cuál terror! Cuando, ya ancladas ante las playas, 
Se apercibe sobre las carabelas la existencia animada,
Y se distinguen seres de rostros pálidos,
Y de parecido mecido, su caminar!

Y cuando, de súbito, se abre una pared
En la mayor, en la más alta y bella de las carabelas, 
Con la mayor, más negra, más terrible cruz sobre su velámen, 
Para dar salida a algún ser,
De entre esos miles misteriosos,
Que aparentemente habitan esas carabelas,
Cúnde aun mayor, el terror entre los nativos.

Visión de horror...! 
Es Dios mismo, el que se apresenta!
Su diabólico demonio, a su izquierda! 
Fundido en armas, de pies a cabeza!

Visión de horror!- 
Castigo celestial!
Cúnde el rumor, reprimido en gargantas de inmóviles nativos! 
Es Dios mismo, el que se apresenta!
Asentado sobre el lomo de algún animal
De origen y ensillado celestial!
De las que no dan indicio las leyendas, ni las más ancestras!

Es Dios mismo! 
Y el demonio, a su izquierda!
Fundido en ármas, le acompaña!
También montando, un menor, desconocido animal!
Y en su cara, esa infernal palidez! 
Y una mueca de expresión, llena de malevosidad!
Lleva en su izquierda, una cruz!
Y la espada, en la derecha!
Y su ademán -
Como si al mundo quisiera despedazar!
Y en mil añicos destrozar!

Y... Ay! De nuevo cúnde el terror!
Cientos! No! Son miles!
Miles son, los diablos! 
Igualmente montando otro menor animal!
Igualmente forrados en ármas! 
Van saliendo del vientre de las carabelas,
Y, como olfateando,
Se congregan, en tan solo una exhalación! 

Y llevan todos éllos, una cruz en la izquierda,
Y en la derecha una espada!
Y cuando suman al fin miles,
Llegan aún más!
Pero llegan ya todos éstos, a pié!
Y es sobre el pecho, donde llevan la cruz!
Y también una espada, en la dextra,
Y en la siniestra – algo brillante, algo fulgurante!
De brillo blanco, como el del sol!
Que con insistencia atrae la mirada,
Sí, de las indigenas la curiosidad –
Retiene embelezados su atención,
Magnetizados por el brillo con estupor,
De la astucia el espejo será el arma de su perdición!


* * * * * * * * * *

Se apiña al final toda una división,
En congregada unión –
Reposando sobre las playas desertadas... 

Mil carabelas, las velas izadas,
Para un pronto partir,
Extienden, sobre un fondo de infinito azul,
Su velámen al aliento del viento, que trae frescor,
Alzando de nuevo, y en la brisa
Revoloteando, la terrible negra cruz –
Crucifijo y espada: por su forma, a su misma vez -
Cuando exhaustos jadean aun,
En disnea unidos los miles pulmones otra vez,
Incandescente la calma de otro lejano atardecer,
Donde aborchorna todavía el mismo febril aire la tirantez,
Cuando asfixiante lanza su aliento el sangriento firmamento
Hacía las flameantes armas del Sobrepoderío celestial...

Bañadas en sangre ya todas, de cabeza a pies...!

Copyright***Edgar Antares E.I.Sembarde
Poesía E-63 * 1.999/Cuxhaven
 
LA MEMORIA – LA SUPERVIVENTE DEL OLVIDO

TEMPRANO EN LA MAÑANA – PARTE VIII. CAP. 1.
VENECIA - FRAGMENTO

Los cristales extravagantes de Murano y Burano, los mosaicos alegóricos, producen a través de una gradiente cultural superior un efecto de civilización. Italia es siempre un lujo en elegancia artesana, un shock cultural, una ventana abierta a una aventura psíquica hacia la estética del saber vivir, la elegancia elitista, el buen gusto...

Sabemos, cada cual tiene su manera de viajar y descubrir el mundo. Stendhal plagiaba, Berenson arreglaba museos, Dionisio Ridruejo componía sonetos. A uno le agrada proyectar. Sucede que me entero de algo si consigo realmente estar viviendo en el lugar, haciéndome uno con la historia y el espacio. 
Así, paseamos por las rugas, las cales, las mercerías, los rio tera, los campiellos, los sotoportegos o paseamos meciéndonos sentados cómodamente en una góndola por los canales de Venecia... 

Apenas queda espacio para observar con perspectiva los edificios. Así que me desplazo hacia algún siglo más remoto, probablemente anterior a Maquiavelo, y, aunque procedo como ordenan las guías turísticas, a los que nunca he despreciado, me muevo sin estorbos. Contemplo aburrido las joyas vulgares repartidas por las tiendecillas del Pónte Rialto, destinadas al turismo de los cruceros y al de los autocares, aquí a los vaporettos, de la tercera edad y de la cuarta sensibilidad. Me molesta el battistero, por antiguo que sea, pequeño bufón rechoncho en la Corte del Gótico Florido; respiro de verdad, a plena genealogía, frente a la maravilla severa del Palazzo Vecchio; me excede ese formidable Miguelangelo Buonarerotti, Supermán que ha sido contratado no solamente por los Médicis sino también por duces venecianos; se me antojan familiares esos venecianos de pupila fría y párpado sesgado: los reconozco orientales, contemporáneos del Giotto. Está claro que me atrae mucho más la Edad Media que el Renacimiento. Y así sucesivamente, porque me gusta proyectar, como ya lo dije alguna vez, y por eso me fastidian los museos. ¿Cómo va uno a proyectar en medio del puzzle disecado...? Los museos son para la pedagogía, no para la vida...

Diríase que en Venecia no hay dos formas parecidas, que todo es un conjunto pródigo de estilos diferentes y colores indecisos que abocan finalemte al fango. Alguien estimaba que sólo Oxford, por sus arquitecturas, podía aproximarse a Venecia – creo que fue Hipolito Taine en su libro Voyage en Italie. Uno estima que Venecia es una extravagancia única, fantástica/fantasmática, probablemente invivible. Las aguas nunca están limpias, y dudo que los venecianos se sientan cómodos en esta reserva medieval/renacentista, con sus centenares de puentecitos, palazzos e iglesias adornadas con pinturas de Tiziano, Tintoreto, Tiepolo, Veronese. 
Venecia es casi una obstinación, un cuerpo prodigiosamente moribundo que subsiste. Mi opinión, que no pretende ser original, es que la vitalidad de este lugar único en el mundo viene básicamente de Oriente, que sin Oriente no hay Venecia, que sin el intercambio de energía e información con Oriente, Venecia se queda en clisé, decorado de teatro, museo semisumergido, capricho para personajes literarios. Y al decir Oriente me refiero, naturalmente, a Bizancio: pero también a Persia, a Arabia, La India, e incluso a China. Venecia es una estratificación de huellas históricas, un lugar para admirar y salir corriendo... Y no llegues nunca de noche a Venecia pues tendrás la sensación de estar violando un cadáver...
Uno se asoma de noche al exterior desde los vaporettos que circulan por el Canale Grande y descubrirá unos tétricos y mal iluminados edificios, incluso cuadras enteras sin luz alguna, algunas sumidas en la mayor y total oscuridad fúnebre con coros de gentes hablando en voz baja. A las doce de la medianoche, para colmo, en pleno verano y con la mayor afluencia turística de la que vive esta ciudad, se suspende la circulación de los vaporettos públicos y se cierran los restaurantes y bares con precipitada prisa. Ya sólo de hora en hora circula alguna línea nocturna de vaporettos y Venecia se viste, aún más, de luces fantasmagóricas...

Lo que hoy constituye el núcleo del centro histórico de Venecia surgió de los asentamientos sobre un archipiélago de pequeñas islas separadas entre sí por una espesa red de canales, muchos de los cuales fueron modificados en distintas épocas – lo que determinó no pocos cambios en la antigua conformación – formados en tiempos de las invasiones barbáricas, cuando algunos grupos de prófugos procedentes de Spina, Aquilea, Adria y Padua se instalaron en estas islas de la laguna.
En los siglos que se sucedieron, la urbanización se fue expandiendo cada vez más, dando vida a ese centro que constituye hoy un hecho urbanístico que no tiene igual en el resto del mundo. Al rellenarse, sobre el paso del tiempo, más de 160 canales, se ha reducido a 18 el número de islas sobre las que surge Venecia, incluidas en este número la de San Jorge el Mayor y la de la Giudecca.
De los canales, el mayor es el Canale Grande, con 3.8 kms. de longitud y de una anchura entre los 30 y 70 mts. El Canale Grande divide la ciudad en dos partes enlazadas por tres puentes: el <Scalzi>, frente a la estación de ferrocarriles, el <Rialto>, en el centro de la ciudad, y el <Accademia>, en la parte meridional de la isla y situada ya en las proximidades de la plaza de San Marcos.

El servicio público en Venecia, como ya indiqué más arriba, está cubierto por una red de vaporettos metropolitanos públicos, a mi juicio, sumamente ruidosos y muy cerrados para el verano caluroso. Incluso es el turista el que utiliza este servicio para de día cruzar la ciudad de parada en parada atravesando la isla principal entre el sestieri (barrio) de Canareggio y el sestieri di San Marco, o para trasladarse a las barriadas situadas en las islas vecinas de La Giudecca, la San Giorgio Maggiore, el Lido con las playas venecianas, o a las islas de Murano y Burano, situadas en la parte septentrional de la laguna de Venecia, con el deseo de visitar detalladamente ese museo-ciudad que es Venecia - observando, fotografiando, experimentando ese ambiente anacrónico y sin igual en el mundo que ofrece esta ciudad. 
Curiosamente Venecia no induce a recordar la pequeña Venecia, Venezuela. No sé, no comprendo, como Colón tuvo esa ocurrencia...

Hasta el año 1.480, los puentes eran de madera; sucesivamente, fueron reemplazadas por construcciones de piedra y en forma de arco. El transito terrestre se efectúa a través de espacios que reciben denominaciones particulares. Las calles principales no son numerosas y reciben el nombre de ruga (del francés rue) y salizada, que deben su nombre al hecho de haber sido las primeras que recubrieron con el selciato (adoquinado). Cale, o calle, en cambio, es el nombre que se da a las callejuelas, mientras las calles que costean los canales y sirven de sostén a las construcciones, son llamadas fondamenta. La lista es el tramo de calzada adyacente a las sedes de las embajadas, y eran sitios que gozaban de una inmunidad particular. 

Llegando de día, a plena luz del día, lo más recomendable es cruzar primero la ciudad a pie por el laberinto de callejuelas y los puentes entrelazantes tendidos sobre los canales pequeños así como por uno de los dos puentes grandes situados en la parte central y meridional de Venecia, o sea, el Pónte di Rialto o el Pónte d’Accademia, para acercarse de inmediato a visitar una de las maravillas del mundo – no hay más remedio que admitirlo – la Plaza de San Marcos, una plaza que enlaza dos grandes áreas sin solución de continuidad... 
Allí uno se encontrará con la modernidad. Y también, ya digo, con Oriente.
Columnas que parecen asirias... Los claroscuros de la basílica... El extraño estilo gótico del Palazzo Duccale...

Jacqueline y yo nos tomamos de las manos como si nadie se hubiese tomado jamás de las manos cuando entramos la primera vez en el umbral de la Plaza de San Marcos en Venecia aquel verano del año 2002 en on za lejano avanzado atardecer inmenso... 
Me percato que en el transcurso de todos estos años hemos alcanzado esa complicidad desvergonzada que caracteriza a la verdadera intimidad interhumana. 

Nos encontrábamos precisamente absortos en pensamientos mirando y estudiando - en torno a ese inmenso espacio que forman la Plaza propiamente dicha y la Plazzetta, que llega hasta la orilla misma de las aguas de la laguna - las formas monumentales de los pilares de las Procuradurías y de la Logia entre miles de palomas revoloteadas por un gran público congregado en masa uniforme de gentío en una gran tarde memorable de un sábado, en un verano, un Julio, un 2002 tan distante de los años cuando los años eran contados con penible exactitud y nada parecía irreversible. En aquel entonces donde, aunque todo fuera un jaleo y un desfase, había mucha vida por perder, tan solo que no habíamos aún constatado que habíamos comenzado a perderla...

Jacqueline rompía nuestro mutuo silencio:

· Comprendo que tengas un conjunto de submundos que te hacen menos libre que yo, menos capaz de dar, y que yo soy para ti mucho menos importante que tú para mi.

Submundos, interferencias, desfases, achaques, pero curiosidad crítica y hábito de poner en crisis sus propios fundamentos, hasta diluirlo todo, desvanecida la trampa del lenguaje.

Y Jacqueline le agregaba el punto sobre la i diciendo:

· Eres un hombre básicamente interesado en ti mismo.

Es verdad que hbía en aquel emtonces optado ya a reducirme a cierto perímetro local, a tono con mis secreciones internas, todavía curioso aunque con cierta desgana...
Miro hoy dentro mío y no hay nada. Miro de nuevo y hay todo. Entonces escribo...

Y mis palabras son colapsos de función de onda: repentinamente, en mi escritura, reaparece el mundo. En complicidad con los cerebros de algunos seres, parecidos a mí posiblemente. Escenifico la realidad para hacerla soportable, digerible, inteligible. Pero sé muy bien que no comprendo nada. Porque no hace falta. Porque yo soy todo. Este es el problema, aparentemente.
Y ¿qué hacer con este problema...? ¿Es de verdad esto un problema...? 
Los problemas – pienso – nunca tienen solucción; lo único que cabe es teatralizarlos, ponerles ritmo, acompasarlos con el discurrir del cosmos... Dicen que la vida se mide por años – pero los años transcurren en un santiamén – es decir: no discurren, se esfuman, y el encadenamiento de los sucesos es puro amaño...

Aquel 2001 presenciabamos una boda en la Basílica de San Marcos. Iban desembarcando de sendas góndolas los nóivios y los comensales con toda su comitiva. Era una escena muy singular, sí, hasta pintoresca, no cabe duda. Y, cuando se casan los hijos de mis contemporáneos, lo que produce efectos de melancólica complicidad, como cuando se casaba recientemente el hijo de uno de mis antiguos compañeros de clase. Reconozco algo mío en ellos, los del código de mi adolescencia, los condenados burgueses locales, los que crecieron como también aquí en Venecia con la doctrina cristiana y la banda de Glenn Miller, los que fuimos empapados en la farsa del amor cortés. Toda aquélla tonada. Ellos y también ellas, las envejecidas esposas, los padres de los novios en la plaza de San Marcos, me traen la arbitrariedad de unos orígenes ya irreversibles. Ahora sólo cabe, o apetece, un amago de curiosidad, una sonrisa. La dignidad petrificada que a veces trae el tiempo, el inexistente tiempo... 
Teníamos quince años, luego treinta, luego ibamos para los cuarenta. Esto es lo que ha ocurrido...

Ahora tendría que despedirme, uno por uno, de los personajes de esta fábula: la vida. O, mejor aún: reunirlos en algún escenario resonante para entonar la coral final. Como en las novelas policíacas. Pero no funcionaría. No hay mensaje para mis contemporáneos, mis hermanos hipócritas. Nunca sabremos quién era el criminal, si es que lo hubo. 
Pero no hay de qué arrepentirse: todo lo hicimos entre todos – ya lo dije y lo vuelvo a repetir. Esta ha sido, más bien, el ensayo de montaje de una música inconclusa.
Hay que acomodarse a la edad que uno tiene. Bien. Yo me acomodo mal, es decir, no me acomodo. Nunca me veo con la edad que tengo; más bien me veo sin edad. ¡Ah! Pero sí me siento austeramente harto de ser yo...
Esa arbitrariedad, que Yo sea yo, y no más, más bien, otro, me persigue desde la adolescencia. De ahí mi interés por el espectro de la conciencia y, sobre todo, por la distinción entre el yo y el self: entre el yo y el sí mismo, o conciencia transpersonal. Ello es que sólo cuando el yo alcanza el self desaparece la aludida sensación de arbitrariedad. Pero entonces yo tampoco soy exclusivamente Yo; entonces Yo soy todo. Entonces la esquizofrenia ontológica, que es la situación en que normalmente vivimos, queda superada.
Sólo que la libertad está fuera del tiempo, y aquí, en el tiempo, manda la memoria, la discreta música que entre todos compusimos. Aquellos sucesos malamente computados. Aquellas atmósferas apenas registradas. La comparsa. La comparsa que somos todos. Nuestros contemporáneos ya tan inapelables... Los cómplices...
Nada parecía en la adolescencia irreversible, aunque todo fuera un jaleo y un desfase - dije. Había mucha vida por perder y de pronto, notamos que comenzábamos a perderla. 
A perderla aceleradamente hasta llegar a hoy, que siempre ha sido hoy...

Acomodados en el Hotel Luna, gondoleábamos o callejeábamos por Venecia de arriba para abajo, dije, por unos pocos días agradables y extraños de verano. El calor con su bochorno Pegaso en el día y la luz diáfana en la oscuridad de las noches de la difunta ciudad contribuían a un efecto general de fantasía extemporánea... Suspendido entre sus arquitecturas, en la fúnebre oscuridad de la noche, uno podía aproximarse a Venecia... Venecia entonces – dije – me parecía casi una obstinación, un cuerpo prodigiosamente muerto que subsistía al borde de la putrefacción y el fango...

Decidimos finalmente un miércoles en la tarde, día 9 de un agosto, de un verano de un 2017, 15 años posteriores a aquella primera visita de Venecia, visitar la Basílica. Desde días estábamos esquivando la visita para poderlo hacer con mayor amplitud y con más tiempo, pues sabíamos o sospechábamos que detrás de sus fachadas se abría un mundo en el que debíamos sumergirnos profundamente para irlo descubriendo poco a poco... Y, aunque las sensaciones, al inicio, fueron complicadas, permanecimos mucho tiempo dentro de la basílica, entregados a su prodigio de luz, intimidad y esbeltez. Prodigio de luz filtrada por las vidrieras, luz que puede acabar siendo violeta y opresiva. Al principio, como dije, sentí una mezcla de perplejidad y vacío. Tanta pureza arquitectónica me devolvía a mi adolescencia, a la época de mis primeros asombros humanísticos...

Pues bien... Se detuvo mi tiempo hoy en esta tarde en un rincón de la basílica de Venecia... 

Mientras afuera se consumía la tarde inmensa de un miércoles de ésta nuestra nueva visita a Vemecia, adentro en el Duomo, en la penumbra esbozada, espesa y transparente, sobre los mosaicos mudos, me dejé poseer por algo que siempre estuvo aquí, vencidas muchas rémoras sociales de la adolescencia. Mi educación, conciencia y percepción del mundo venían de Oriente, pero impregnaba a Occidente. Mi vida entera había sido, seguirá siendo, un juego al escondite con la divinidad sin nombre, yo mismo, todo, cualquier cosa.
Hilo conductor de mi silencios en el discurso interior hoy en esta tarde en la basílica: las piruetas cambiantes de los modelos de una realidad inexpresable. Fin del discurso y acceso tenue a lo inaccesible... Así, hoy, desde la retrospectiva, consigo localizar esta tarde en la penumbra del Duomo una importante paradoja de mi vida, un punto de inflexión sacromundano...

Años de cautelosa ascética respaldaban mi presencia en aquel rincón de la penumbra. Siglos de sedimentada historia resumidos para mí, ya fuera del tiempo. Y de pronto quedó claro lo que siempre estuvo claro, que la vida, y también la mía, se resumía en un instante, que más allá de los dislates, despilfarros o estridencias, todo era lo mismo, todo daba igual... En el silencio y en la picardía de la paz... Lo que fue, lo que sería, lo que estaba siendo... World is coming…! ¡Ya...!

Surgía en la penumbra del lugar sagrado, o, más que sagrado, consagrado, la inverosímil plenitud, la complicidad de todo con todo. El vacío que no es ausencia. La ridiculez de Occidente podrido por lo social. Venecia nunca se sometió al Vaticano. La basílica era bizantina y yo era un animal meditativo, pero mi meditación no cabía en la franja asfixiante de Occidente. Venecia se encontraba, como yo mismo, entre Oriente y Occidente. Venecia, mi Venecia experimentada, no era la de Stendhal ni la de Nietzsche ni la de Byron ni la de Wagner. Ni la de Thomas Mann ni la de Henry James. La mía era una Venecia más remota y más mestiza. Más, efectivamente, bizantina. La Venecia de la religiosidad apofática que impregnaba la atmósfera del Duomo... 

Recapacité esta tarde de hoy que, por un lado, toda mi vida había creído necesario proclamar que en alguna parte hay que poder jugar limpio. Esa alguna parte la tuve que ir, sin embargo, generando en el transcurso de mi vida como un espacio idealizado dentro de mi mismo, al no poder hallarlo entre mis contemporáneos... Ese espacio es hoy mi espacio sagrado...
Siempre me ha interesado esa red de seres o hombres reales capaces de vencer la soledad, toda vez que las cosas no son ni buenas ni malas. Un hombre real, a mi juicio, articularía las siguientes características: a) tiene fe, quiere decir, que sirve a una causa que no es la de sí mismo, o la que no es sólo la de sí mismo sin caer en creencias b) es libre, es decir, impide que la fe degenere en creencia c) tiene courage, significa capacidad de asumir la finitud y de vivir sin garantías d) no disocia los medios de los fines, o sea, implica la genialidad de soslayar la falsificación antropológica.

Como adolescente universitario, yo sentía ya en aquel lejano entonces que día a día se estaba perfilando mi postura, por más que yo siempre he sido lento en mis procesos interiores. Rememorizo mis esfuerzos por comprender a mis contemporáneos prójimos, categorizados por mi en aquel entonces como “seres con conciencia equivalente a la de mi metáfora de los naipes” y mi hermenéutica clamaba ya diciendo, por ejemplo: <Colamos un mosquito y tragamos un camello> o que <somos hipócritas que limpiamos por fuera la copa y el plato – que por dentro están llenos de codicias.>
<Hipócritas que diezmamos la menta, el anís y el comino y descuidamos lo más grave: la justicia, la misericordia y la fe en el conocimiento y la experiencia como praxis de interacción humana base.> 
Lo cual quería decir (a mi juicio) que el único pecado era el mantenimiento de la ficción del ego. Y decía esto plagiando verbalmente a San Mateo 23,24 y 23,25.

Mi postura ya de aquel entonces pudiera esquematizarse así: rechazo de la religión institucional, no permitir que la fe - conocimiento y experiencia - degenere en creencia, abandono a la divinidad inmanente, superación del fetichismo moral, recuperación de la euforia, no más autopunición ni huida de la muerte, rechazo de la culpa...
Proclamaba mi inocencia porque me reclamaba a mi mismo ser un ente/hombre real y, sólo por ello, me sentía divino; ya no pedía disculpas, más bien, me celebraba a mismo.
Era el retorno, previsible y no premeditado, al juego de la dispersión.
Sabía, pues, que cuando la regla monástica se aflojaba, el azar comenzaría a amenazarnos. Debilitado el aparato redundante, comienza el riesgo, el desorden lentamente creativo, las probables tonterías, la suciedad, el ruido, la vida.
A lo largo de tres mil millones de anos, la vida se había concentrado en las bacterias y en las algas azules, limitado al océano y a los lagos; luego vino la celeración, y como remate el hombre: cien billones de células cohesionadas. La extravagancia pura de la realidad compleja. Yo.
Al fondo, la referencia al Uno. El idealismo filosófico. El pensamiento que en el principio era el caos, o sea, lo infinito. De pronto hubo lo finito. Pero lo finito tiende a volver a lo infinito, al caos o a la nada, voces vagamente confluíentes: el lugar sin referencia que ni siquiera es lugar.

Algunos, en aquellos días de mi transición mental, me reprochaban, por ejemplo, que no me escandalizara el sufrimiento de los niños. Pero a mi no me escandalizaba ya nada. Asumida la extravagancia pura de lo real, ¿a santo de qué escandalizarse?
La teología tradicional había saltado hecha añicos. Aquello no era en serio. Aquello era, más bien, una broma. Una broma que incluía la peste bubónica, el cáncer de pulmón, los estafilococos, los coros de Raí Charles y las baladas de Nating Cole cantando en español.

Contemplado desde la retrospectiva de hoy me doy cuenta que yo ya en aquel entonces lo que estaba aspirando e intentando ser era una aspiración principal del taoísmo.
Me faltaba base para ello, pues toda mi educación y toda mi cultura eran judeocristiana, pero vagamente presentía que el sentimiento de culpa no es más que un recurso social, y que en contra de lo que creyera Sigmundo Freud, el mundo podía funcionar perfectamente con algún recurso menos esquizofrénico. A diferencia del judaísmo, del Islam, del cristianismo e, incluso, del hinduismo, el taoísmo se destaca en eso: que no ve/concibe el mundo bajo formas jerarquizadas. La visión jerarquizada de las cosas es propia de las culturas patriarcales. Pero el taoísmo tiene sus raíces en una cultura matriarcal. El taoísmo enfatiza lo ecológico y suprime las fronteras.
En Occidente apenas hay tradición taoísta. Únicamente un cierto patos libertario tiene que ver con la recuperación o un resurgir natural de la inocencia taoísta.
El refinamiento coactivo, abstracto, de las sociedades con Estado, con capitalismo, con división de trabajo, con sistema monetario, donde la realidad acaba siendo substituida por símbolos y modelos, eso exige que haya un dinamismo contrario, algo que nos permita recuperar, o al menos atisbar, la no-dualidad de lo real en sí mismo. Sólo muy recientemente, y a menudo con caricaturas burdas, reaparece en Occidente una actitud sin sentido del pecado. Donde las personas no piden disculpas por ser como son. Donde la introspección no conduce, como en San Pablo, en San Agustín, en Lutero o en Kierkegaard, a la vergüenza de uno mismo.

Naturalmente, la sociedad judeocristiana reacciona. Teme la desintegración social y económica que pueda ocasionar semejante liberación de la inocencia.
¡Como si la moralidad sólo pudiera brotar de la culpa...!
Porque Occidente es culpa.
Autodesprecio antropológico como contrapartida de la sumisión...
Escritores como Kafka, Faulkner, Joyce, Becket, Sartre, nos recuerdan constantemente que el mundo es un caos y el hombre un pecador.
Sean o no judíos, todos siguen la tradición bíblica, la cultura del pecado, o sea, de la sumisión. El mismo psicoanálisis como búsqueda de culpas enterradas en el inconsciente no pretende alcanzar la inocencia sino un mero encaje entre culpa y sociedad...

De modo que, en Occidente, intentar ser taoísta es complicado. Faltan cómplices. Y sobran santones simplificadores: esos que se limitan a negar el mal. Yo tuve mi primera premonición de un estado de inocencia, hace años, en un rincón de la basílica del Monasterio del Escorial. Y ya preví enseguida que el camino vendría lleno de equívocos. 
Occidente, digo, es culpa.
¡¿Quién puede ser inocente después de Auschwitz, Hiroshima o Nagasaki..?!
Y también decía en aquel entonces, pero lo sigo ostentando hoy – puesto que nadie sabe muy bien para qué sirve un Ministerio de Cultura - ¿por qué no dedicar una parte del presupuesto para diseñar una cultura sin pecado original...? - ¿una cultura sin sentimiento de culpa...?

Alguien alguna vez me asaltó a mis preguntas inmediatamente con la voz diciendo: <pero si en la vida sólo hay sentimiento de culpa y cuatro cosas más...>
Aquello era la voz de Occidente. Occidente judío, cristiano, existencial, patético, conflictuado, dualista, emprendedor: huimos de la culpa haciendo historia repleta de barbaridades... 
¡Y nuestro arrepentimiento es el progreso tecnológico...! 

Aunque valga la pena recordar que en un contexto occidental/social, no obstante, la religión es cosa sana. Así lo dijera también Bergson: la religión es una reacción defensiva de la naturaleza contra el poder disolvente de la inteligencia. Lo dijo Durkheim: la religión, como estructura de credibilidad, protege a los miembros de una comunidad. O Peter Berger: la religión como alienación salvífica, como proyección de nuestras miserias hacia un lugar suprareal, obedece a una ley clásica: exteriorización, objetivación, interiorización.
Así, por esta vía, a través de la religión/mecanismo de defensa, las sociedades, sin necesidad de píldoras ni psiquiatras, conservaban durante siglos el gusto de vivir, el sentido de lo real, tan perdida en nuestra época. Así era que le conferían un significado al mundo.

Pero, reconozcámoslo en un arranque de libertad crítica: el mundo es demasiado absoluto para tener significado...
La preocupación por el significado de la vida no es tanto una cuestión filosófica como un síntoma indicador de que el flujo dinámico del vivir ha sido obstruido. 
La pregunta por el sentido de la vida carece, precisamente, de sentido. Precisamente porque el sentido no alcanza a lo último...
Alguien abierto a la experiencia no pregunta por las razones de existir, no obstruye el flujo dinámico de su propia participación en lo real.

Mucho menos lo intuye esto aún el cerebro infantil cuando su preocupación mayor la traduce en sus interminables preguntas introducidas por el ¿qué? o por un ¿por qué?. Mera indagación o pesquisa de un sentido todavía por asignar a las cosas, al mundo en su totalidad, a la vida.

En un principio andaba yo de día en aquel ayer – recapacito yo en esta tarde en las penumbras y los claroscuros de la basílica de Venecia - por las calles como un extranjero global sobre la superficie del planta, o digamos como un muerto, como un ser desconocido, perdido todo interés por la vida humana que generaba el tiempo con su subcapítulo: la época.
De noche daba yo muchas vueltas en la cama, como luchando contra nada.
¿Dónde había algo real...?
Era un vértigo absoluto. 
Puesto que yo no tenía que ver nada con nada. En la madrugada sin testigos, lo único que había era una habitación claustrofóbica y el patio interior de un hotel en Salamanca. De un modo u otro, era preciso terminar. Terminar con aquella desconexión. La vida no se aguanta cuando la re-ligación cesa.
Entonces, poniéndome de espaldas a la ventana que daba al patio, y siguiendo un repentino reflejo, me puse de rodillas y esbocé una plegaria. Era una plegaria entre heurística y desesperada para neutralizar el derrumbe de la neuroquímica y de los neurotransmisores. Se trataba de volver a embragar con la realidad. Era menester que hubiera algo, alguien en este infierno en su versión moderna: la nada.
Fue allí el descubrimiento de la fórmula: alcanzar un nivel de transcendencia para la vida interior que relativizara los asuntos de este mundo. Y así fue que al fin me puse en pie huyendo de esa nada.

Superé, finalmente, aquella crisis descubriendo que en el reino de la finitud todas las combinaciones son posibles. Y que, para resultar eficaces, precisaban simplemente de unas importantes dosis de simplificación e ingenuidad...
Por ejemplo, vislumbre que un chamán, un sacerdote, es un actor que no sabe que es actor, y en esta su ignorancia reside su eficacia... 
La era de los animales a la vez místicos y críticos estaba en sus primeros balbuceos. No hay nada en esos humanos que huela a verdad en esas figuras afectadas, suavemente rígidas, carentes de genio y poesía, que se las pasan únicamente pronunciando inevitables frases hechas...

Esta tarde me acompaña la conciencia cobrada en aquellas fechas y me proporciona un cierto plus de lucidez. A mi juicio, el que no haya experimentado ese ilimitado potencial de nihilismo de la conciencia humana, sabe poco de la vida, y difícilmente podrá profundizar en las cosas. 
De ahí, precisamente, ese tufillo de superficialidad que se desprende de las personas excesivamente sanas... 

Plus de lucidez, digo.
Cuando uno ha sido visitado por la nada, es improbable que se deje engatusar con folclores ideológicos. De ahí que haya resistido a la epidemia del sarampión marxista que desataron mis contemporáneos en mi época universitaria. 
Por otro lado, y no de manera ingenua sino crítica, ostento que, si se pierde el referente numinoso, todo se achata. Sigo creyendo que el animal humano es un sistema abierto a la transcendencia y que quien se cierra a lo transcendente - y lo transcendente no es compatible con la realidad del azar - amputa su vida, y acaba apuntándose a cualquier otra cosa. Y no es preciso ser confesional – ni siquiera es preciso ser <creyente> - para
estar abierto a lo transcendente. Esa apertura se realiza en cualquier obra humana. No son los curas ni los gurús sino los artistas quienes mejor viven todo esto. 

El caso es que si es consustancial a todo ser vivo/sistema abierto la interacción constante con el medio, hay que entender que el medio humano es a la vez físico y transcendente – aparte que la frontera entre lo físico y lo transcendente resulta cada vez menos precisa. Y esto no o es teología ninguna. Tan sólo confirmación que el animal humano no puede vivir sin <fe> igual que no puede vivir sin energía y sin información. Pero hay que entender bien claramente la definición de fe como aquella seguridad ontológica fundamental, la que nos permite vivir en la incertidumbre y el riesgo, gracias al conocimiento y la experiencia. Es esa fe la que neutraliza el nihilismo esencial de la condición humana. ¿Y de dónde esta seguridad ontológica? – Pues, simplemente, de la última nodualidad, o séase, de la mística.
No hay técnica para llegar a lo místico. No hay camino que conduzca a lo que ya es. Pero hay que saberse asombrar de uno mismo. Salirse de uno y verse desde fuera a si mismo y, al verse uno, el asombro de ser uno mismo es infinitamente grande. Es un vértigo de identidad. Es una vivencia, casi insoportable, enfermiza, sabia, del puro ser. Con el riesgo de caer en la despersonalización.
Lo absoluto está aquí. Único, exclusivo, amenazante. La frontera sujeto/objeto se desvanece. 
Desde esta perspectiva, la fe es un concepto casi superfluo. Es una manera amortiguada de referirse a esa experiencia transpersonal. Una manera de aludir al abismo no dual.
La fe es equivalente al yoga que lo reúne todo. En general, las cosas separadas son ficciones del lenguaje. En la realidad no hay nada separado – y la física cuántica tiende a confirmarlo. Más aún: si yo soy un animal inteligente quiere decirse que estoy inmerso en un medio que también es inteligente. La biosfera es el síntoma de un Universo inteligente.- 

Aquellos tiempos universitarios, con residencia en la Carrera de San Jerónimo en Madrid, eran seguidos por tiempos de convalecencia silenciosa. Leía a Thomas Merton, Seels Of Contemplation, que decía, por ejemplo, que, a veces, los contemplativos piensan que el fin y la esencia de su vida deben hallarla en el recogimiento y la paz interior. Se apegan a tales cosas. Pero el recogimiento es tan criatura como un automóvil. El sentimiento de paz interior es una cosa tan creada como una botella de vino... El apego a las cosas espirituales es un apego como cualquier otro. U otro ejemplo: en el que profesaba que nunca se lograría un recogimiento y una paz interior perfectos, a menos que se esté despegado incluso del deseo de paz y de recogimiento.
Quería sondear en su mayor profundidad mi conciencia crítica que era el hilo/motor de mi aventura intelectual, y, bien mirado, el hilo/motor de mi existencia entera.
De algún modo yo estaba convencido de que todo ser posee una dimensión abismática; que todo ser, en tanto que ser, se trasciende a sí mismo. Pero esa trascendencia es también inmanencia. Lo absolutamente otro está en nosotros. Y nuestra índole de in-acabada e in-finita, es la otra cara de la libertad auto-creadora. 

Era esa mi manera de superar la filosofía – mientras mis contemporáneos intelectuales planteaban la superación de la filosofía en el marxismo. Alguno decía que la filosofía no debía entenderse como un sistema superior a la ciencia, sino como un nivel del propio pensamiento filosófico. Estaba en el aire, y el tema habría de brotar muy pronto, en Foucault, en Derrida, en Bourdieu: sustituir la filosofía por un discurso nuevo. Este discurso nuevo – Heidegger lo había anticipado – podía consistir, quizá, en la deconstrucción de la historia de la filosofía desde las cenizas del sujeto trascendental.
Mi postura era más bien de tanteo. Ante todo, no me satisfacía la exaltación marxista de la finitud y de la historia. Estaba poseído de un gran despego hacia las mojigaterías de la izquierda liberal. A mi manera, presentía que la distinción – que Althusser estaba a punto de proclamar – entre filosofía/ideología y práctica teórica de carácter científico era petulante e ingenua, pues incluso tal distinción ha de hacerse – inevitablemente – desde supuestos ideológicos. Pues todo es ideológico. Todo es interpretación. Michel Foucault llevaría esta evidencia hasta su extremo: cuando todo es interpretación ya no hay nada que interpretar. Apogeo del significante, dilución del significado. Regresión infinita de las hermenéuticas. 

Por este camino no veía, no había salida, y yo quería ir, como Rilke, ”al otro lado de las cosas”, tantear la experiencia vivida de lo secreto, expandir indefinidamente la conciencia. Actos y pensamientos arrancando de una última perplejidad fértil.
Anotación en mi diario de aquellos días de convalecencia neuroquímica: “El ateísmo es sólo la negación de una afirmación. Pura dialéctica idealista. Porque lo que no puede ser nombrado cae más allá de la afirmación y de la negación”.
No me tomaba en serio las discusiones entre ateos y creyentes: tan superficiales me parecían los unos como los otros. No me agradaba, sigue sin agradarme, el concepto de Dios, tan fácil y antropomórfico, tan obviamente inventado por los hombres, por mucho infinito que le echemos dentro. La divinidad se me antojaba un concepto equívoco. No era algo que estuviera allá afuera: la divinidad estaba, más bien, aquí: dentro de cada uno. 
La divinidad, incluso, era más yo mismo que yo mismo. De modo que la teología negativa era la única que yo aceptaba, se refería a todo, incluido mi propio inaccesible ser, mi in-finitud. 

Yo admiraba a J.F.Kennedy porque se me antojaba pertenecer a la especie humana que sigo denominando <hombre real (en contraposición de los seres eunucos o naipes marionetas). Por ejemplo, cuando le preguntaron que cómo fue que se había convertido en un héroe de guerra, el contestó: Fue sencillo, hundieron mi lancha. Era un ejemplo de una Situación-de-no-Alternativa. Perdido en el océano, el oficial John F. Kennedy nadó por espacio de quince horas, sujetando con los dientes el chaleco de uno de sus companeros herido, hasta alcanzar un islote. El islote resultó estar desierto y Kennedy, a pesar de sentirse enfermo, decidió que debía volver a hundirse en el agua helada del océano y nadar hacia otro islote en busca de nuevo auxilio. Fue un acto de valor resultado de una Situación-No-Alternativa. 
Sentía una especial predilección por Kennedy. JFK le iba bien a mi idealogía liberal y a mi talante antimesiánico. Pese a su vitalidad, JFK poseía una fragilidad y una sensibilidad que le diferenciaban de su gregaria familia. Arthur Schlesinger le describió como una mente escéptica, una personalidad resuelta y autocontrolada (self-possesed), un gran encanto personal y un agradable desdén hacia los rituales de la política. Asumía sus decisiones, incluso cuando se daba cuenta de que habían sido estúpidos (caso del episodio de Bahía de Cochinos). Conocía el dolor físico, pero no se quejaba. 
Sus iniciativas más importantes quedaron interrumpidas: el programa americano de bienestar social, las bases para la coexistencia pacífica con la URSS, la nueva política con el Tercer Mundo, la aventura espacial. Pero hizo algo simbólico e importante: devolver la esperanza a muchos jóvenes, reconciliar la inteligencia con el poder.
JFK tenía tendencia a superar los planteamientos dualistas. <Al luchar por los demás luchamos por nosotros mismos>. Y también: <El desinterés en la actuación pública no es más que un resultado de llevar el respeto hacia uno mismo hasta sus últimas consecuencias>. No le importaba morir y, en cierto modo, lo había previsto. Nunca se interesó por los detalles de su protección personal. <Si quieren matarme – decía – me matarán>. Toda su vida estuvo familiarizado con la enfermedad y con el dolor. Pero no creía que el dolor purificase; al contrario creía que el dolor embrutecía. Asumía la realidad. <Este mundo es peligroso y sucio, pero no hay otro, y no hay seguridad alguna en la evasión>. 
JFK era, además, un hombre poseído por una inmensa curiosidad, abierto permanentemente a aprender. Su diseño político era realista e inteligente. <¿Qué clase de paz buscamos? - No una Pax Americana impuesta por el poderío atómico norteamericano>. Era exactamente la política contraria al maniqueísmo de Forster Dulles. Kennedy se oponía al dogma de la inevitabilidad de la pobreza en masa y preconizaba <a World safe for diversity>. Porque <todos habitamos un mismo planeta, respiramos un mismo aire, queremos un futuro para nuestros hijos. Y todos somos mortales>.
Yo entendía aquel lenguaje. Entendía incluso la apuesta por la aventura espacial como una especie de secularización de la guerra. Entendía el empeño aristocrático por vivir intensamente y sin ostentación, por tomarle gusto a lo difícil, y buscar lo mejor sin hacerse ilusiones... 

Hoy, en esta tarde de mártes, moviéndome entre los claroscuros bajo la penumbra fresca de la basílica de Venecia, sentía ante el recuerdo de la adolescencia acentuarse mis vivencias apofáticas. La libertad ya la traía conmigo; de modo que no había que buscarla. Debería seguir conciliando caminos para ser capaz de superar las mentecatas dualidades hijas del consenso social, entre ellas, muy en especial, las obscenas expansiones y expresiones de la vanidad...
La naturaleza es en sí misma inteligente y el ser humano, tal creatura portadora de una autoconciencia, no eran más que simple autorealización de esa iteligencia.
Lo infinito podía verificarse de dos maneras, en lo infinitamente grande y en lo infinitamente pequeño. En lo infinitamente pequeño la criatura humana – por mera intuición – había descubierto el cero y, con ello, el sistema decimal de acuerdo con la que está construida la naturaleza y el mismo ser humano. Por ello no puede ser valorada como mera casualidad este descubrimiento sino, más bien, como una interpretación consecutiva acertada en la que es la naturaleza misma la que se ha impuesto al conocimiento humano tal categoría previa. 

Finalmente, hacia la caída de la tarde, abandonamos las penumbras de la basílica y nos encaminamos hacia las mercerías, las estrechas callejuelas en el contorno de la plaza de San Marcos, donde florece el comercio. 
Jacqueline estudiaba los precios en los escaparates y se detenía con especial ilusión en las vitrinas de las joyerías. Soñaba con esa artesanía italiana que trabaja el oro y la plata con una peripecia milenaria. No dije nada esta tarde al respecto. Hubiera sido repetición para los oídos de Jacqueline el que yo no valoraba las joyas ni los adornos, es más, detestaba cargar con alguna pieza de metal sobre mi propia piel.
Pensé, paseando por las estrechas callejuelas, que Venecia, como todas las ciudades italianas, era en su esencia una ciudad renacentista y barroca, claro está. Pero que uno no acabaría de digerir la impúdica estratificación arqueológica, la exhibición de esas entrañas de la historia, la evidencia física de unas piedras excesivas...
Venecia, según se mire, es caótica, mal avenida, con su pasado, cohabitando la putrefacción con las ruinas, los monumentos, los pontes, las góndolas y los espaguetis.
Lo único bueno: no parece haber señales de tránsito...

En pasados días habíamos pasado unos días en el vecino balneario termal, Montegrotto, a pocos kilómetros de Abano Terme, situado también en la misma demarcación de los Collii Euganei, la única elevación montañosa en este llano que compone la provincia del Véneto hasta más allá del delta del río Po.
A continuación habíamos ido en un día de resplandeciente sol veraniego y altas temperaturas a Chiogggia a la playa de Sottomare, atravesando los extensos campos agrícolas de dorado trigo madurado y hemos sido felices recostados en la arena, el cielo sin una nube, la temperatura alta como para hacerte sentir a través de todo el organismo el vibrar del latido del corazón.
Hemos hablado del Caribe, de la isla de Santo Domingo o, como a Jacqueline le gusta decir, de Quisqueya, el paraíso perdido gracias a los tumbos que da la vida.
Las niñas pasándoselas más bien todo el día en el agua tibia del llano Adriático. Jerlin, la mayor, toma de entre una ola recién retirada un guijarro bien plano y me dice:

· A que no sabes tomar una piedra y lanzarla sobre el mar para que dé muchos botes.

Y, en un cerrar y abrir de ojos, ella, haciendo alardes de las peripecias de su habilidad, lo lanza mar adentro sobre el llano Adriático para que la pierda se pierda bien lejos después de haber dado al menos veinte botes.
A mi hija Jerlin le gusta que me despache con peripecias propias de hombre joven. Asunto que me hace pensar en el pasado, en esa edad precisamente de hombre joven, y en esa mescolanza de momentos buenos, malos y neutros, y decido que el presente es mejor.

Decenas de gaviotas vuelan muy alto sobre la extensión de la playa que se pierde hacia el norte donde sobre la línea del horizonte se sospecha la lejana leve silueta de Venecia inmersa dentro del azul inmenso de la laguna que se une a un cielo de infinito azul intenso.
Jacqueline y yo yacemos en la arena con las manos entrelazadas y a mi me parece que todos esos seres en la playa son figurines de un momento detenido. Se ha creado una paréntesis plausible en un paisaje dócil. Jacqueline, ella tan joven, hace sentirme y pensar que somos los dos una pareja joven y reconciliada con las cosas.
Recuperar el cuerpo, de eso se trata, pienso. Buena parte de la contractura de los años jóvenes fue un rechazo a las convenciones espirituales, sociales, culturales. No pensaba en el cuerpo, un cuerpo todavía cartesiano al servicio de un yo con mente abstracta. Pues no era el yo quién daba órdenes, sino la razón, a las diversas partes del cuerpo, para comer respirar y todo lo demás. Disponía de una infalible espontaneidad del psicocuerpo acompasado con el ambiente, similar a la migración de aves que vuelan miles de kilómetros con precisión milimétrica. Hoy quisiera recuperar ese vivir como las aves vuelan, navegando nuevamente al hilo de la fatalidad, pero también integrando la razón crítica adquirida a través de los años en las peripecias de uno.
Recuperar – como digo – el cuerpo. Desdramatizar la muerte. Ciertamente, el cuerpo es la morada de la muerte, pero la muerte solamente es siniestra contemplada desde el ego. Contemplada desde el mismo cuerpo, la muerte es el evento más familiar y cotidiano, junto al nacimiento y las onomásticas, que existe La muerte y la resurrección están ya en el mismo acto de respirar cuando uno se entrega a la muerte con cada exhalación.

¡Sagrada animalidad!
Lo sagrado suele relacionarse con la divinidad, pero la cosa es previa, a mi modo de ver.
<Sacros> conecta con el germánico <sakan, el hitita <saklai> y el griego <haigos>. 
De la raíz <sak> procede también <sanctus>. Lo común de todas estas palabras derivadas de sak es <hacer real>. Pues bien, la animalidad del cuerpo es, efectivamente, muy real. 
El quid es tener experiencias reales. La mayoría de las personas anda por la vida sin tener experiencias propias. O tienen prisa o están muy ocupados en sus propios pensamientos otorgados por el quehacer de cada día. La experiencia, si es de verdad, es experiencia no disociada. La experiencia radica en el presente. Y no sólo la experiencia radica en el presente: la experiencia es el presente, y el presente es la expereincia. La libre circulación de estímulos sin i interposición de bloqueos ni mecanismos de defensa. En el límite, la genuina experiencia es superación de la dualidad sujeto-objeto. Pero pasa que ya uno no puedo hablar de esa experiencia porque el sujeto de la misma ya no es uno, o sea, ya no soy <yo>.
Recuerdo, por ejemplo, una de esas veces de mi vida cuando me sintiera libre en esta forma, tumbado en una embarcación que navegaba a catorce nudos por hora, mirando a popa, la estela del agua salitre al fondo, el ritmo cantarino del viento, yo disuelto en el vaivén del mar acostado sobre las maderas bajo las velas blancas de aquel velero... I lost myself, I was set free. Era como haber conseguido salirse de la jaula sin la necesidad de gritar: ¡sésamo, ábrete! ¡déjame salir!…

E.A. I. - Venecia, 15.08.2017

 — en Venecia.

LA MEMORIA – LA SUPERVIVENTE DEL OLVIDO

TEMPRANO EN LA MAÑANA – PARTE IV. CAP. 1.
NORTE DE ITALIA – AGRICOLA Y FECUNDA – FRAGMENTO.

(./..) Viajo, hoy – dije – por el norte de Italia...

Norte de Italia agrícola y bellísima, escuchando unas sonatas de Chopin a través de la platina del automóvil, cuando repentinamente se asoma la vivencia casi sepultada de mi infancia, más allá de la emigración, aquella fase de la vida que me hace conciliar nuevamente el pensamiento de que todo está bien como está, lo cual me hace que recupere por un momento aquella energía primordial, aquella invulnerabilidad de origen. 

Me he parado en lo alto de una colina y he atisbado a hombres y mujeres, a lo lejos, inclinados sobre la tierra fértil. Llevan así sobre la faz de estas tierras unos diez mil años. He sacado mi ordenadora portátil del portaequipaje y me he puesto a teclear...
...doce del mediodía, hora del Ángelus, agosto de un año, de un verano, sentado en la loma de una colina, a mis espaldas un bosquecillo. Me duelen los huesos, pero se trata de un dolor perfectamente soportable, un dolor quizá conveniente, un recordatorio. Me siento reconciliado con el mundo, y, a pesar del dolorcillo, con un plausible bienestar. 
El aire trae olor de hierba buena, olor silvestre, olor indio. Yo y todas las cosas somos lo mismo, esa danza inverosímil de Shiva que no he parado de admirar desde que tengo uso de razón, y sinrazón...

Inevitablemente, sonrío...

De modo que al final vuelvo al principio, que todo para en lo mismo mientras quede un pedazo de presente.
Y hasta pienso que sería hermoso volver a pasear por los poblados del litoral caribeño, comprar vituallas como un inglés viejo, benigno el clima, con una nueva casa vieja en la ladera del Avila. Y reconstruir la paz desde las ruinas de todo lo que ha sido.
Aunque lo más probable es que me quede donde estoy, o por aquí, modestamente vivo, los huesos cada vez más doloridos.

Hay bastante neblina hoy en el transcurso de todo el día sobre el norte de Italia. Llueve repetidas veces durante nuestro camino de recorrido en descenso desde los Alpes de Austria hasta la fecunda planicie del Véneto. La carretera serpentea desfilando a lo largo de infinidad de colinas entre fructíferas huertas donde maduran el melocotón, el albaricoque, las peras, las manzanas, las ciruelas, las nectarinas. Cruzamos, más adelante, sendos viñedos esparcidos por las laderas de las colinas ya más bajas con la uva a punto de madurez. Maduran los tomates, los pimientos, las alcachofas, las lechugas... Nos sentimos felices al pensar en la rica y buena culinaria italiana y sus buenos vinos, el Bardolino, el Chianti, el Prosecco spumanti.
Estamos en Italia y enfilamos la recta final hacia de nuestra ruta hacia Abano Terme y Venecia. Es verano de un año, un 2017, principios de un agosto...

Descubro que, en estos pasados últimos días de Austria, la experiencia de las alturas fue una irrepetible experiencia transcendental de la realidad transfinita del espacio sin tiempo... 

Ya sobre la media tarde he ascendido nuevamente una colina en estas ricas tierras de Italia como para asomarme al espacio...
¡Cuánta claridad emana de repente desde el olvido...! 
Recuerdo de los años de infancia de mis padres que siguieron a la guerra. Años de emigración a Venezuela que concuerdan con la una e irrepetible vivencia de la infancia de uno, que hacen que los designe como los años más felices y también más intensos de la vida. 

El recuerdo, tal una hermosa vista aminorada por la niebla... Un efecto desconcertante: ¡el espacio resuelto en tiempo...! ¡Y el disuelto tiempo capturado en el espacio...!
¡Cuánto ritmo interrumpido...!

Toda esa hilazón de tramas y residuos, ese zumbido confuso de pasado candoroso sin estilo. Mi pasado, sí, ¡un pasado sin pasado! ¡Mi pasado sin pasado...!

Fragmentos de una cronología miserable. A pesar de que el Paraíso comenzara allí mismo. Allí, al pie también de una colina, muy cerca de mi primera morada...
Allí, donde la carretera asfaltada terminaba justo delante del algarrobo. Enfrente a la iglesia blanca, que más bien parecía una escultura precolombina, y al otro lado del estanque de los extensos pantanos. Allí, desde donde partía el camino vecinal que seguía su trazado entre campos dorados de maduro trigo, cardos secos y amarillos girasoles de veranos calurosos. Para luego continuar entre higueras y algarrobos, almendros de blancas alas sedosas, alquerías de geometría elemental perfecta, matorrales de espliego y de sabina ...pero a los que, a través del tiempo, sin haberlo podido sospechar yo nunca - mucho más allá del lugar que simbólicamente alguna vez bauticé con el nombre de <Queniquea> - le seguirían fornidos cedros, magnolias perfumadas, toronjas silvestres y mangos gigantes. Y luego, más allá, los bosquecillos de bonaetiae roraimae y palmas euterpe, podosteomanaceas y crisóstemis, los espesos bosques de galería, las tupidas selvas nubladas alcanzando con su verdor infinito finalmente el techo de otra colina - al pie de un valle que cruzaba las tierras de fuerza roja... Para ir, de allí en adelante, cayendo mansamente hacia el mar y perderse definitivamente tras horizontes de azul infinito sobre el limes de los vastos arenales temidos – más allá de los pardores extensos de la seca utopía, ya sin retorno alguno posible... 

Sí, allí era el lugar donde convivía la fantasía de la utopía en secreta complicidad bajo el espacio con el tiempo que habría de venir. Apátrida desde temprana infancia yo he vivido muy cerca y en continua persecución dialéctica de utopía. Allí entre los bosquecillos de pinos tropicales donde se hallaba mi quinta: ¡mi gran palacio en las parcelas del mismísimo Paraíso...!

Esta misma tarde – desde lo alto de la colina – lo que nuevamente contemplaba, en verdad, era un segmento lejano de espacio–tiempo. Un fragmento ya desaparecido de mi propia historia, de mi ya remota familia, la de mi pobre padre y madre, tan presentes de nuevo en mi mente por la memoria recuperada en Zell-am-See en estos últimos los días en Austria...
Un diminuto fragmento de aquel tiempo que no había enloquecido todavía. Cuando seguíamos aún el camino del orden establecido de las cosas. Lentos veranos de la infancia con fondo imperceptible de calles sin automóviles, y nosotros, los mismos, aún niños, que todavía no echábamos de menos a los muertos. 
No había todavía muertos.- 

Aquella estampa era el único residuo que la fragmentada vida seguía hilvanando en la memoria ante el paisaje congelado en el tiempo. Paisaje sumergido en el gran sueño de las cosas que ya han sido, porque irreversible y definitivamente ya han pasado, ya han acaecido.

Y, sin embargo, ¡cuánta claridad en el hoy al contemplar desde lo alto de esta colina el ayer! – El ayer que aún se apercibe, que aún continúa siendo hoy... 
¡Bendito ayer! - cuando todavía no se había instalado el infierno en su versión moderna con la nada por meta y aspiración en la mente eunuca de la mediocridad al mando y en el poder. Ayer que fue hoy, que sigue siendo hoy en memoria del pasado. 
Tampoco se movían aún las vidas sobre la trampa maya del desfase general del crecimiento progresivo hacía el falso bienestar colectivo con perdición de valores nobles, la sutil y general aspiración a nobleza humana culminado en el vacío de virtudes y en la perversión del idealismo humanista para culminar en la bestialización de la estirpe humana. Y, finalmente, autoglorificación de la esencia de seres eunucos. Condecoración y santificación de supuestos santones eunucos contemporáneos - por eunucos mismos...

No. No había tampoco aun acaecido la perdida de transmisión del saber. El maestro que creía antes que sabía algo para transmitir. Que creía que existía una obligación de transmitir. La humanidad, entendida en aquel entonces, como una cadena donde la experiencia del saber constituía un valor objetivo y de carácter duradero. Necesario para ser transmitido de generación a generación.
Eso es, lo que se ha perdido con la pedagogía de los setenta: la sabia transmisión del saber...

La vida, cual recuerdo de un espacio resuelto en el tiempo, con el disuelto tiempo capturado en el espacio... ¿Qué es, pues, la vida si no mera visión de una utopía convertida en realidad...? 

La vida, sí: ¡sólo una utopía...! 
Hoy y para siempre, sólo recuerdo de los caminos y andares más allá de Queniquea...
Un lagarto cruzaba con pereza las losas tibias del porche a la caída de una tarde. Una noche, entre tantas que se avecinaban. Llegada de la hora de congregación reptil en el balcón bajo el porche sobre el jardín. Mil seres arrastraban sus cuerpos desde los vecinos matorrales. Todo silencio. Silencio y gran misterio. Un silencio lleno de veneno... Y la llama que ardía aún en las noches silente en los candelabros... Y el perfume de las magnolias que siempre retornaba al despertar a las mañanas siguientes...

Soñaba yo en aquellos primeros años de mi encuentro con el trópico, noche tras noche, el mismo sueño en colores vivos de verde oscuro sangriento a clorofila, rojo, azul y crema mil variantes de Adán y Eva en el Paraíso Terrenal, desnudos viviendo como Tarzán en la copa de enormes y frondosos árboles de las selvas tropicales. Es evidente la sedimentación nocturna de los cuentos infantiles escuchados en la cabecera de la cama cada noche antes de conciliar el sueño. Nunca soñé de alguna vivencia de la guerra. Nunca se asomaría alguna atormentadora pesadilla... Nunca ni siquiera algún recuerdo de esos tres primeros años de vida sobre el suelo de Europa... Solamente el sueño simbólico e incomprendido de una noche, como si de algún enigmático presagio se tratase, en el que descendí candorosamente hacía aquellas extensas tierras del espacio más allá de los pardores junto a las infinitas aguas de los mares por donde había llegado a ese paraíso terrenal... 
Mil seres allí esperaban ladeándose violenta y torpemente... Un galardonado tres de bastos andaba divagando entre las marismas con un as de espadas de guardaespaldas...
Un rey de corazones descansaba tumbado, descarada y desvergonzadamente, junto a una dama de copas... Un cinco de corazones perseguía a vida y muerte a un cuatro de espadas... Un cuatro de cruces se dedicaba a robar en público al primero que se le asomaba por las marismas... Un alfil de copas aprendía a estafar... Un rey de corazones si no se las pasaba en el juego dedicaba de pleno sus días en afilar la cuchilla de su arsenal de armamento simulando una próxima cruzada bélica... 
Había allí en ese sueño mil seres cuerpos endebles unidas esencias en mentes naipes...
Todo un maremágnum de laberintos y enredos en confusos destinos sobre aquellas extensas superficies terrestres.
Me acerqué, en sueños, lentamente a ellos para poder observar y estudiar detenidamente aquella sociedad que me recordaba a las hormigas – aún no había llegado a comprender la similitud con la sociedad humana - y, al llegar, mil seres con esencia hostil interceptaron el libre paso. De entre todos ellos, unidos en grupo a un sólido pelotón cartulino, una figura rígida y decidida se erigió apresuroso para cortar mi camino.Y alzó prepotentemente su papelina voz: <Alto>, exclamó la plana figura con vibrante tensión en el tono - era un Alfil de Espadas – <¿quién pisa nuestras tierras por ahí?> – al mimo tiempo que alzaba amenazante la espada en su diestra mano derecha. Mientras, con la mano izquierda, sacada de la superficie blanquecina de su piel de naipe, me hacía ademanes de contención con una bola redonda y transparente de cristalina esencia con una gran equis mayúscula en la cara anterior del redondo cuerpo sacral... De pronto, entre todos, me apresaron conduciéndome para ser decapitado... 

Era la primera pesadilla sufrida y, al despertar, después de conciliar el miedo me preguntaba, sin poder darme alguna respuesta, ¿qué significado tenía aquel sueño? ¿se trataba de un presagio? ¿y qué había detrás de ese presagio? ¿qué detrás de esas máscaras? ¿qué significado o sentido tenía la farsa? Debía comprender el significado de aquel sueño muchísimo más tarde. Pero, al principio, me había poseído una necesidad imperante de desvelar el misterioso sueño de los naipes. El misterio de los naipes – como cualquier misterio sobre la esencia de cualquiera de los seres que poblaban las superficies perdidas de un planeta perdido en la utopía y en la inconsciencia de un universo que daba comienzo allí, más allá de mis senderos de la infancia, sí, más allá del paraíso finito que alguna vez llamara Queniquea... 
Comprendí, dije, más tarde que de lo se trataba era el descubrir un mundo nuevo, desconocido, ante la perplejidad y el asombro infantil en la sorpresa ante una diversidad insospechada... Se trataba de trasvasar toda esa primera personalidad infantil, apenas recién adquirida, al otro lenguaje, a otra casa del ser, y desalojar al mismo tiempo el único hogar salvado, la lengua materna... 
Cuestión general era ¿puédense tener experiencias reales cuando no se tiene lenguaje propio? Cuestión conmitante: ¿se tiene de verdad alguna vez lenguaje propio?
Bien. Suele haber consenso en que Beethoven lo tuvo cuando compuso sus últimos cuartetos, y en que Rimbaud lo tuvo cuando escribió Les Illuminations, y en que Cézanne lo tuvo cuando impuso la geometría de su mente, y en que Einstein lo tuvo cuando planteó la Teoría de la Relatividad. Asomarse al exterior del código vigente, manteniendo la indispensable referencia a la tradición. Toda experiencia real tiene que ser mínimamente caótica. También mínimamente formulable. Entre el anonimato y la locura, una incandescencia que fluctúa. Termodinámicamente hablando, la fluctuación es uno de los nombres del azar, y que en sistemas muy alejados del equilibrio térmico – istemas vivos, por ejemplo – a través de las fluctuaciones puede surgir un orden nuevo. Esa es la tesis die Ilya Prigonine. 
Y aquí a uno le importa enfatizar un punto. Tal vez uno no tuviera experiencias suficientemente reales en mis años de infancia, al inicio de la emigración, en las condiciones arriba mencionadas, pero lo que sí tuve, y desde muy temprano, aparentemente, fue un pasmo de buena calidad. 
Es rigurosamente cierto ese amanecer al borde de la selva en alguna carretera de Barinas en tránsito hacia San Cristóbal y a Cúcuta a bordo de un autobús destartalado con todos sus ocupantes dormidos. Despertaba yo en mi primera experiencia de la nítida vivencia de la nada en esos momentos de perplejidad ante el despuntar del alba en la selva, y el despertar de la selva y todos sus habitantes, teniendo apenas cuatro años y medio, tras haber estado bebiendo con mis ojos de asombro todos aquellos remotos paisajes venezolanos entre Caracas y Barinas, el día anterior. Esa fue mi primera experiencia real, y la experiencia real, hoy lo he llegado a comprender, no precisa ni puede precisar del lenguaje pues la experiencia es transfinita. Quiero decir que hay una exasperación a nivel de la experiencia que nos conduce a trascender más allá del lenguaje, más allá de lo signos y simbolismos, sí, más allá, fuera de la misma casa del ser, el lenguaje...
Con el tiempo, mi sistema neuronal se estructuró y la intuición metafísica que presidió mi adolescencia cabría formularla así: tiene que haber algo infinito, de lo contrario gana la nada. Era una especie de ontologismo adquirido en tierras de Venezuela, más allá del lenguaje, que no estoy seguro de haber superado jamás. La realidad, o es infinita o no es. El capricho de un cosmos finito y nada más se me antoja absolutamente insatisfactorio, aún hoy. El lenguaje es útil solamente para la parte finita del cosmos. Para lo infinito no cabe lenguaje alguno, pues se trata de mero asombrarse, nada más. Así, metidos en ese intervalo inverosímil de universo, que no se sabe si ha de extinguirse en una expansión indefinida, o si ha de invertir su proceso dentro de 50 mil millones de años, a mitad de camino entre el átomo y la galaxia, con la única certeza de la muerte, ¿por qué iba uno a andarse con pamplinas? Los anacoretas vivían con una calavera al lado. La calavera al lado era la que mantenía las debidas dosis de exasperación y desapego que al anacoreta le conducían a trascender. La calavera centraba los temas. Nosotros, hoy, podemos contemplar un mapa cósmico, algo que nos recuerde las dimensiones del hombre dentro del universo que puede que sólo sea una partícula dentro de un megauniverso muchísimo más vasto, que, a su vez, etcétera, en regresión infinita. Esta es hoy mi calavera. De modo que me embarco en este montaje con un cierto ánimo vengativo. Habiendo perdido mi lengua materna, mi casa del ser, los años preadolescentes en la emigración por tierras venezolanas fueron capaces de generar mucho más de lo que un lenguaje materno es capaz de generar, y también mucho más de lo que pudiera generarse a través de la adquisición de otro lenguaje extraño al lenguaje materno. Ese fue el mérito más grande de la aventura emigratoria... Posiblemente, sin esa experiencia venezolana, la vida hubiera transcurrido sin interrupción alguna por ciclos de vida corrientes y vulgares de cualquier otro ser centroeuropeo de mi época... 

E.A.I. – Abano Terme 10.08.2017
 

CAMPO DE' FIORI - GIORDANO BRUNO - ROMA 04.2013                                                                           

 

(../...) ...después de solicitar la cuenta al camarero en uno de los restaurantzes en Campo de' Fiori, al levantarme, me cruzó la mente una idea muy enternecedora para con G. Bruno... rezaba así, y se lo dije por despedida...

Amico - le dije a la cara a la estatua de bronce, que en realidad era una estatua completamente negra: el mundo es demasiado absoluto para tener significado y la pregunta por el sentido carece de sentido precisamente porque el sentido no alcanza nunca a lo último, lo real transfinio, lo noúmeno. Alguien abierto a la experiencia no pregunta por las razones del existir, no obstruye el flujo dinámico de su propia participación en lo real finito, la vida. La preocupación por el significado de la vida no es, pues, en tanto exclusivamente una cuestión filosófica sino que arrancaal mismo tiempo de un síntoma indicador que el flujo dinámico del ciclo del vivir ha sido obstruido. Sin embargo, una vez entrado a ese vacío, que no es vacío, no hay retorno, amico, a ese exceso de asuntos confudidos que es la vida, pues el descubrimiento que es suficiente maravillarse, simplemente estar asombrado, nada más, ante el encuentro dialéctico con la realidad, donde la verdad en sí tampoco sea más que la misma búsqueda de la verdad... Significa que hay que arriegarse para ser reales... Pero arriegarse a ser real es caminar por senderos y territorios prohibidos porque la cultura misma es un exorcismo donde..., amico, sólo al arte le es permitido una transgresión de la cultura... De allí que también el arte de vivir suponga y necesite de una transgresión individual de nuestra cultura “a la carta”, es decir, a la medida de cada uno... Por ello, amico, te voy a dar un consejo, aunques sea una consejo tardío: Il vantaggio di essere inteligente – le dije en italiano - è che si puó sempre fare l’imbecile... mentre il contrario è del tutto impossibile…! Ya ves, ese afán tuyo de querer ser siempre real, no poder jugar falso, te ha costado la vida en la hoguera en manos de aquellos que realmente eran imbéciles...! (../...)

Edgar Antares I.

No hay duda, no.

Un jazmín se adormece... y es el fín!
Es como el ébrio candor del nardo, que le asesta un golpe final, el final último, a la conciencia. Porque también junto a éste mar agonizan los oscuros lírios, y no se puede detener en el humano el ocaso bestial, como tampoco se podría detener la pálida dicha de una aurora.
Por eso es que una conciencia herida abandona una música, un nido, un amor, sí – una patria, y se marcha, para no volver nunca jamás! Nunca jamás...! Pues partir... es dilatar la mirada sin enterrar el adiós, aunque la lágrima parta las mejillas. Pero marcharse... es colocar la ausencia en el lugar dejando a oscuras el acto y ejecutar el final, para llevarse consigo entre los dedos el tiempo no visto – a aquél lugar – desde el que no se puede regresar nunca más, nunca jamás!
También yo he escuchado a los charlatanes ofrecer sus manuales de salvación a nosotros los náufragos, mas yo he preferido seguir conspirando desde ventanales cósmicos en orillas que bien conozco, imaginando lo manglares al otro lado del océano. No hay caso para adivinar los colores. Sus matices siempre serán bellos... aunque falsos!
Por eso – por qué pensar en la falta de un lugar y no en la de un tiempo en el cual cultivar las melancolías, y donde poder crecer en nuevos descubrimientos, en nuevas sabidurías...?
A veces me miro – y le confieso al otro – yo nunca quise volar hacia lo desconocido, y sin embargo, por culpa de godos teutones, nací trepando – escalando meridianos y paralelos – y dejé mis álas en lo desconocido sólo a cambio de una buena respuesta, que me impide coleccionar ridículos y diplomas de grado. Prefiero incluso, en los domingos, regalar una tarde a los cangrejos...!
Y la puerta está en éstos tiempos, como lo estuviera en todos los tiempos, en aquel lugar – donde está el arco para ingresar a las nuevas idéas y a las nuevas palabras, mientras azul y plata vive infinito en reposo de lo verde inmenso acá en Tahití, junto al Mediterráneo o del mismísimo Caribe...!
Pero la mano añil no se esgrime apenas para lo humano imprescindible. No corren nuevos vientos, pero si se estanca la soledad del alma cuando montones de ausencias se sientan frente a mi para escucharme, cuando faltan las preguntas... Y, como nunca antes (o siempre ?), también en Venecia, Miami o Papete, duermen los sábios obvios...!
Es falso! Es mentira! El hondo pensamiento como atributo de los clímas godos...!
Pero...Ya sé cómo es en éstos tiempos neoliberales postmodernos...! 
Es como siempre lo fué...!
Así, es de suponer que una vez más (algún día será para siempre) vaya nuevamente a despedirme descalzo, como lo hará también (más pronto que pensado) el humano de mi época del gran ideal que una vez forjara el más grande y noble concepto del „Humanismo“...!
... cuando tuvieron éllos mis ojos para ver... pero no vieron...! 
Copyright © Edgar Antares Isanbard * E-50 * Papete (Tahití) 1997

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© Matthias August Eisenbarth Von Sangilla